Estilo de mujer

La fidelidad a la propia tierra y a los hombres del propio tiempo, es la primera característica de la santidad, como lo es, en general, del hombre auténtico. El santo ayer como hoy, tiene un contexto humano rigurosamente concreto y determinado: el mundo en que vive y a través del cual se santifica. Sus pies se asientan sobre un suelo y su amor se vierte en unos hombres: sus prójimos, sus hermanos, los hombres de su entorno en el espacio y en el tiempo. Dios, en su amorosa providencia, nos acuna con todos esos elementos visibles e invisibles que, ya desde el “vamos” en la vida, nos servirán de medios, de herramientas de trabajo para labrar nuestro destino.En el caso de Camila, estas verdades elementales tuvieron cabal rea­lización: la tierra, la sangre, el medio ambiente de su nacimiento y creci­miento, imprimieron en ella un sello imborrable.

Su historia personal co­mienza en San Isidro, el 18 de julio de 1842. La acunaron rumores de hojas, cantos de pájaros y el murmullo del río cercano… sus ojos se abrieron a la pampa infinita, al verdor de las barrancas, y al colorido de las flores.

La ciudad natal de Camila, testimonio elocuente de la obra evan­gelizadora y civilizadora de España, fue el epicentro de un potente movimiento cultural, social y patriótico. Grandes apóstoles araron muy hondo en su naturaleza y en el alma de sus hijos, y ella, con legítimo orgullo de católica y argentina, de criolla de ley, se sabía solidaria y responsable de este bagaje cultural.

El amor indeclinable a su patria chica y a la grande, así como el amor a acendrado a su familia, profundo pero desprendido y dispuesto a sacrificarlo todo por el Señor, fue una nota so­bresaliente de su personalidad,

De sus padres, Eusebio Rolón y María Gutiérrez, no heredó, ella mis­ma lo confiesa, bienes de fortuna. Pero sí un nombre intachable, es decir unos principios sólidos de veracidad, lealtad, prudencia, fidelidad a la pala­bra dada (que vale como un documento); y sobre todo las riquezas espirituales de la formación religiosa, o sea una fe inquebrantable; un sentido exacto de Dios, Padre y dueño de todo; una actitud se­rena y sencilla ante el sacrificio, el dolor y la muerte; una capacidad de maravillarse ante la creación que se renueva cada día, en la hierba y en la flor, en el pájaro y en el agua; una disposición a la meditación, fruto del contacto con la soledad de la pampa, que proporciona, con su inmensidad, una imagen magnífica de la infinitud de Dios… Todo ello unido a la capacidad de acogida propia del gaucho; y al do­naire, gracia y señorío que le acompañan, aún en medio de la pobreza.

La mujer

A esta magnífica herencia, se añaden las ricas dotes naturales con que el Señor favoreció a Camila. Morenita, criollita pura, pequeña de estatura, frágil de cuerpo, la hondura y riqueza de su alma solo se adivinaba a través de unos inmensos ojos negros de mirada penetrante, y una linda y graciosa sonrisa.

Estaba dotada de luces interiores abundantes para juzgar personas, acontecimientos y determinaciones. Muchos contemporáneos han certificado con admiración la prontitud luminosa, aguda y exacta con que respondía o se expresaba, dando muestras de una sabidu­ría, o si se quiere, de una cultura superior, sin medida, a la que en ella po­dría suponerse.

“Inteligentísima, pero al mismo tiempo excepcionalmente simple y humilde, llena del fuego de la caridad divina y toda corazón, para los abandonados, los huérfanos” ( R.P. José Abate, OFM, Conv.)

“Inteligencia clarísima, corazón grande, energía de carácter; y a estos dones naturales añadió el Señor los sobrenaturales en abundancia derramándolos sobre ella a manos llenas”( RP Urbano Álvarez, OSA)

A los golpes de su simpática elocuencia (de la cual, a decir de quienes la conocieron, las cartas no son sino un pálido reflejo), no había preven­ción que resistiera. “Ella supo vencer, sin ofender y sin irritar, poniendo, al fin, de su lado, hasta a sus mismos contradictores, con su paciencia inalterable y su perseverancia. Y también … con su gran perspicacia. Porque la ‘costera’, como ella se lla­maba a sí misma, sin dejar de ser muy humilde y muy dócil … era en esto el modelo perfecto de nuestro ‘paisano’, de nuestro ‘criollo’. Sabía … ‘salir con la suya’, sin incurrir nunca en la nota de desobediente o de terca, con una flexibilidad y una fineza que podrían envidiarle los más hábiles diplomáticos”.

Acostumbrada desde la cuna a amar y ser amada, tuvo el coraje de entregarse al Señor y ser toda de El sin negar su ternura de mujer; su cora­zón desbordaba de tanto afecto hacia sus familiares, sus hijas y sus amigos, que ni el tiempo, ni las distancias, ni los olvidos, ni las ingratitudes, ni los agra­vios, fueron capaces de vencer.

Tenía un alma larga para perdonar, incapaz de detenerse en pe­queñeces, y fuerte para sufrir con alegría las adversidades.

Era afable, pero rechazaba la adulación; no se dejaba “ convencer” con facilidad; sabía aprobar y elogiar, reprender y perdonar.

Un aspecto de su carácter fue la impetuosidad, que la llevó con ardor a la ejecución de obras que sobrepasaban sus fuerzas, siempre debilitadas por continuas enfermedades.

Palpó el dolor humano y se prodigó en caridad operante: los niños pobres, los enfermos, los apestados, sintieron la ternura de la caricia y el apoyo del brazo fuerte de la joven Camila.

Pensó que el Señor la llamaba al claustro, pero luego comprendió que Él la quería fundadora. Y comenzó a soñar…

En Exaltación de la Cruz sintió el grito de la campaña, la tierra fértil pero ni siquiera roturada, que esperaba activos sembradores: “ Las criaturas se pierden porque no tienen quien les parta el Pan de la doctrina cristiana, y se mueren de hambre…”

Multiplicada en sus Hermanas de San José podría realizar su deseo insaciable de hacer conocer a los hombres el amor del Padre, y de corresponderle con un himno permanente de adoración y de alabanza. Así, enferma y sin recursos, comenzó su itinerario de milagro.

“Todos los caminos de la Patria, en todas direcciones la vieron peregrinar, fundando orfanatos, refugios de ancianos, hospitales. Sin humanos recursos, su caridad sin limites hizo florecer el milagro de sus obras. Portentosa samaritana, la sorprendieron los días y las noches inclinada sobre todos los doloridos del alma y el cuerpo… le toco afrontar con un valor de soldado de avanzada y sin mas recursos que los del cielo, la indigencia mas tremenda espiritual y social de nuestra patria en anarquía y en dolorosa formación . El apostolado social, la re educación social de las clases mas humildes y necesitadas, tuvo en esta argentina cabal y criolla cien por cien, que fue la Madre Camila, su primera y más gloriosa abanderada.. Su espiritualidad y su apostolado ardían como una sola llama en la que se quemaban estos tres ideales: el de la caridad heroica de un San Vicente de Paúl; el de la gloria de Dios de un San Ignacio de Loyola, el de la locura de la cruz de una Santa Teresa de Jesús”. (Presbítero Amancio Gonzáles Paz)

“Pobre de San José”

La Venerable Madre Camila, aún ante sus propias hermanas de religión, apareció como una de tantas. Sus virtudes heroicas quedaban disimuladas detrás de su palabra fácil, su natural gracejo, sus actitudes “ordinarias”; ocultaba así, celosamente, la profundidad de su tesoro interior, que sólo ponía de manifiesto ante los requerimientos de sus Superiores o Directores.

Del estudio de sus virtudes, surge una santidad sencilla, centrada lógicamente en la fe, la esperanza y la caridad. Su fe está sólidamente fundada en el convencimiento de que el Señor es el Señor, es decir el dueño absoluto de las personas y de las cosas. Pero está igual­mente convencida de que el “Dios grande y poderoso, autor de maravillas y Señor de los Señores”, es “nuestro Padre bondadoso”, que la ama y vigila con amorosa providencia sobre ella.

Ante Dios somos nada, comparados con su grandeza, pero también somos hijos infinitamente queridos. De ahí la confianza inquebrantable, que constituye el clima de su vida espiritual. Si quisiéramos definir su espiritualidad, bastaría una palabra: “pobreza” que es la traducción, la expresión más acabada de la virtud de la esperanza.

Su itinerario espiritual fue ahondar en el convencimiento cada vez más profundo de su propia pequeñez e incapacidad, y en el conocimiento siem­pre mayor de la infinita grandeza de Dios.

Todo el secreto de su santidad está en haber descendido sin miedo hasta el fondo de su nada, y haber contemplado desde allí, con adoración, gratitud y reconocimiento, la majestad y santidad infinita de Dios, que no le atemoriza, porque ha conocido su amor gratuito.

Camila se siente amada existencialmente, no a pesar, sino precisamen­te porque es miseria, pobreza, limitación, nada. Aceptando su ser de criatura, vive la verdadera humildad. Ella misma dice: “Pobreza y humildad son hermanas”.

Esta actitud orienta toda su vida, que se mueve como entre dos polos: todo-nada; miseria-misericordia. “Cuanto más miserable me miro, tanto más me alientan las misericordias del Señor”, repite frecuentemente en sus cartas. El 1º de julio de 1912, expresa así esta convicción: “Verdad que esta consideración de mis miserias, como que me avergüenza, pero no, una cosa me da aliento, y es el pensamiento de que Dios me conoce, y cuanto más miserable me miro, tanto más me alientan las misericordias del Señor”.

Desde el “vacío” de su pobreza, Camila trató de responder al amor gratuito de Dios, con toda su alma, con todo su corazón, con todas sus fuerzas. Y en la medida en que el amor de Dios la colmaba, llenaba su espacio interior, su experiencia de amor vertical se iba traduciendo cada vez más en experiencia de amor horizontal que abrazaba a todos los hombres. Ella se abandonaba en “los anchurosos senos de la Providencia”, y desde allí, amaba a sus hermanos con el corazón de Cristo.

La miseria llama a la misericordia y, en el alma de Camila, ambas se precipitan, como las notas de una sinfonía, en un torrente de gratitud y de alabanza; quisiera “convertir en lenguas las hojas de los árboles y las go­tas de agua de todo el inmenso océano”, para alabar al Dios grande que usó de misericordia con la humilde costera.

El camino del abandono en Dios fue emprendido por Camila desde joven: ya en Exaltación de la Cruz, veía que era “tan natural” el nacer como el morir, pues “la criatura sólo pone de su parte una fe y una confianza inquebrantable en Aquel de quien todo lo debe esperar”.

Sin duda este sentido de la Providencia lo había bebido de sus cristianos padres, que alababan a Dios tanto en los acontecimientos prósperos como en los adversos. Pero es más seguro todavía, que era fruto de su devoción a San José, cultivada desde la juventud, como se ha podido probar. San José, el hombre del silencio, la pobreza y la humildad, era su maestro y consejero.

Por eso, al delinear su Instituto, quiso que se llamara de “Hermanas Pobres de San José”. Este adjetivo p o b r e s, – subrayado al pronunciarlo, como si lo saboreara – define su programa de fundadora. Toda su vida y actividad como tal, queda enmarcada entre dos solemnes ratificaciones de su voluntad de pobreza evangélica. El proyecto de Regla, o Primer Reglamento, tiene como portada este texto evangélico: “No os acongojéis diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos cubriremos? Vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia y todas estas cosas os serán añadidas ( San Mateo VI, 31, 32 y 33)”.

El 27 de noviembre de 1912, al escribir su testamento, ella misma da fe del resultado de su esfuerzo permanente por vivir según el ideal entre­visto treinta y tres años antes: “Habiendo vivido en las llagas amorosas de Jesús Crucificado, y por su gracia, abandonada enteramente a la voluntad de Dios y abrazada al Santo árbol de la Cruz, quiero también morir clavada en él, libre de todo apego a las criaturas, para poder decir con verdad: Sólo Dios basta, y para poder legar a la comunidad de las Hermanas de San José, juntamente con la fe, la esperanza y la caridad, el precioso tesoro de la pobreza evangélica, tesoro inagotable merced al cual desechando el espíritu de la mundana codicia, se logra penetrar en los anchurosos senos de la Providencia Divina, y renunciando a toda propiedad terrena, se alcanzan fácil­mente los bienes eternos del cielo”.

La Madre Camila, empuñando su cruz evangelizadora y recorriendo primeramente los caminos de Argentina y Uruguay, y extendiendo después su caridad desinteresada hacia todo el mundo, haciendo su opción preferen­cial, con la sensibilidad misma de Cristo, hacia todos los pobres, es un mensaje de consoladora esperanza. Su percepción espiritual de que Dios es siempre más: más que las dificultades, más que los límites, más que la miseria, nos trasmite la seguridad de que la misericordia y el amor de Dios triunfarán sobre nuestro pecado y nuestra indigencia.

“Jamás, en ningún período de su vida, se la pudo sorprender en una decli­nación de su fervor, de sus normas, de una vocación que va, como un hilo de oro, de su primera infancia hasta su casi alta vejez. Encaró siempre la vida con la máxima seriedad que le dictaban, apenas llegada al uso de la razón, su conciencia de cristiana cabal y la voz interior que la urgió desde temprano a la perfecta inmolación a Dios y al prójimo. Línea recta; vuelo sin desvío; amor sin escorias; donación sin reservas; incendio de caridad sin cenizas; consagración al deber sin desmayos; heroísmo sin aspavientos; confianza sin una dubitación y sin un temblor; fortaleza moral a prueba de bomba; y fidelidad indeclinable a su vocación, así vinieran degollando…Y así un día, y otro día y todos los días y toda la vida. Flecha disparada al blanco del corazón de Dios y que dio de lleno en él. Tensión de cuerpo y espíritu; vencedora de todas las fatigas, que no supo nunca lo que fue aflojar. Magnífico ejemplar criollo, consumida como la lámpara del santuario exclusivamente en el servicio de Dios y de sus hermanos los huérfanos, los pobres, los desheredados, los abandonados, los ancianos decrépitos, los indefensos por naturaleza: los niños y los enfermos”. (Presbítero Amancio González Paz)


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