Biografía

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La pequeña Camila

Era a mediados del siglo XIX. Entre las alumnas que se educaban en la escuela de San Isidro, localidad bonaerense en la costa del Río de la Plata, en la Argentina, se destacaba una chiquilla de rostro moreno, ojos grandes y negros, inteligencia despierta, y genio comunicativo, alegre y vivaz. Había nacido el 18 de julio de 1842. Cuatro días más tarde, sus padres la hicieron bautizar. Recibió los nombres de Camila Corina. Se la llamó Camila por haber nacido el día de San Camilo de Lelis, un santo hospitalario del siglo XVI. La pequeña era hija de Eusebio Rolón y de María Gutiérrez, ambos buenos cristianos, hondamente arraigados en el lugar. Fue confirmada por Monseñor Mariano Escalada, Obispo auxiliar de Buenos Aires, en la capilla de la Estancia de Escalada, cuando contaba seis o siete años, con motivo de una santa misión. De acuerdo con la costumbre de la época, se supone con fundamento que recibió la Primera Comunión cuando contaba doce años de edad. Mientras tanto concurría, como otras niñas, a la escuela de la señorita Juana Rueda, que era la única del lugar. Además del catecismo y las primeras letras, las alum­nas aprendían a confeccionar primorosas la­bores de manos que Camila realizaba con particular habilidad. Asidua, puntual, aplicada, su aprovechamiento en clase era ex­celente, en tanto que en los recreos su contagiosa alegría hacía estallar la alegría de las demás. En sus años de colegio aprendió con facilidad cuanto podía enseñarle aquella benemérita educadora, especialmente el catecismo de la doctrina cristiana que, desde la más tierna edad, le gustaba enseñar a sus hermanos menores y a los chiquillos abandonados. Desde muy temprano se notaron en ella las señales de una piedad nada común. Visitaba al Santísimo Sacramento al salir de la escuela, socorría a los menesterosos, edificaba a sus hermanitos con sus ejemplos, rezaba las oraciones de la noche arrodillada al pie de la cama. Camila amaba a sus padres entrañablemente. Su infancia se deslizó en el seno de un hogar pobre, pero honorable y feliz, respirando aire puro en la placidez del paisaje sanisidreño, tan pintoresco por sus lomadas, sus barrancas y la costa del gran estuario del Río de la Plata, donde morían las olas y revoloteaban juguetonas las gaviotas. Tenía horror a las tormentas y al pecado. Aquellas le parecían un reflejo de la ira del cielo, por los pecados de los hombres. En cierta ocasión, habiéndose retirado a un altillo de la casa para entregarse a sus juegos preferidos, el cielo sin que ella lo advirtiera se cubrió de nubes, brillaron los relámpagos, restalló el trueno y se declaró una tormenta desecha. Fue tal el susto que le sobrevino que, sin atinar a descender prorrumpió en llanto y en gritos que alborotaron la casa. Su padre hubo de subir a auxiliarla y la devolvió al seno de la familia, temblorosa, anegada en lágrimas.

La señorita Rolón

De San Isidro, por un camino de hondas huellas salían diariamente numerosas carretas cargadas con los frutos de la región. Se dirigían a Buenos Aires, la ciudad portuaria, emporio nacional, que además de absorber la producción de una vasta zona, recibía corrientes de población del interior del país. Un día don Eusebio Rolón cargó su carreta y fue a dar con su familia en la metrópoli, donde había resuelto instalarse. Consiguió en alquiler una casa ubicada en el barrio del Socorro, entonces apartado del centro de la ciudad. Allí Camila dejó de ser una chiquilla. Vio crecer a sus hermanos, encanecer a sus padres, y se incorporó a la juventud porteña, entre la cual supo elegir su lugar, señalado por la práctica de las virtudes, entre las jóvenes que se dedicaban al apostolado seglar. No condenaba las diversiones honestas de las chicas de su edad, entre quienes se contaban sus propias hermanas; pero su gozo estaba en las obras de caridad, en el catecismo parroquial, en la atención de los enfermos. Las ceremonias religiosas y sobre todo la buena predicación le “fascinaba”. Muy pronto se hizo de un gran amigo en la prodigiosa imagen del Cristo de los Milagros, que se venera en el Socorro, y tuvo un excelente director espiritual en el Padre Francisco Villar, que era el cura párroco. Allí, en sus largas horas de oración ante la imagen de San José, aprendió del Santo Patriarca el abandono en la Providencia del Padre, característica fundamental de su espiritualidad. La señorita Rolón, con su carácter comunicativo, sus ojos grandes y penetrantes, a la vez que con su inclinación por la vida seria y virtuosa, se granjeó la estimación de cuantos la conocieron. Fue para su madre como una hermana y para sus hermanos como una segunda madre. Hija fiel de la parroquia, le brindó el concurso de su piedad y el impulso de su apostolado. Muy de mañana estaba en el templo, lo que no le impedía comenzar los quehaceres domésticos, después de haber cumplido sus devociones, pero antes que nadie se hubiera levantado en la casa. En materia de preparación intelectual, Camila no pudo aprovechar las ventajas que le ofrecía Buenos Aires. Humanamente hablando, uno piensa que la futura fundadora de una Congregación religiosa hubiera necesitado una cultura más completa; pero tal vez Dios en sus designios inescrutables lo haya dispuesto de ese modo para que mejor resplandezca el carácter sobrena­tural de la Obra que le tenía encomendada. La señorita Rolón sabía hacerse amar con toda clase de personas. Ejercía el apostolado catequís­tico entre los pobres y los ricos, en la iglesia y en los domicilios particulares, y lo mismo en su propia casa, a donde solía llegar acompañada de uno o más niños recogidos en la calle, a los cuales vestía, alimentaba, e instruía en las verdades de la Religión. Camila contaba veinticinco años de edad cuando los estragos del cólera pusieron a prueba su temple de samaritana. La epidemia asoló a Buenas Aires, sembrando la muerte y el terror. Serenamente, ella ocupó su lugar de lucha, mientras otros, dejando a sus propios enfermos abandonados, huían de la ciudad. Sin temor al contagio, visitaba a los enfermos, de casa en casa, sobre todo a los más olvidados. No la arredraban los largos días y noches sin descanso, ni el espectáculo constante de la muerte. Era su puesto y allí se mantuvo hasta que el temible flagelo se retiró. Tres años más tarde, cuando la metrópoli comenzaba a reponerse de las pérdidas sufridas, como un nuevo hálito mortífero, apareció la fiebre amarilla. Una de las primeras en caer enferma fue su propia madre, doña María Gutiérrez de Rolón; pero las atenciones piadosas no menos que las plegarias fervientes de la hija, le devolvieron la salud. No ocurrió lo mismo con su hermano Andrés, que murió victima del flagelo. Debió ser muy doloroso para ella encontrar, en una de sus peregrinaciones buscando enfermos abandonados, a su propio padre espiritual, a quien sus parientes dejaron solo por temor al contagio. Cerró los ojos del anciano sacerdote, cuya alma recogió Dios.

El llamado de Dios

El dolor enseña. Y cuando se lo mira con ojos cristianos, purifica y eleva las almas. Ca­mila no ha pasado en vano a través del sufrimiento. Desde los 18 años, se siente llamada a la vida religiosa. En 1886, había intentado, infructuosamente, ingresar entre las monjas capuchinas de Buenos Aires. Ahora tiene treinta y dos años de edad y anhela con toda el alma consagrarse enteramente a Dios. Piensa en las austeridades del Carmelo y hacia él se dirige con la generosidad que pone en las cosas que son para Dios. Ella quiere vivir sólo para El, en la soledad del monasterio, como vivió Santa Teresa de Jesús, cuya vida conoce y admira. El 21 de abril de 1875 se abren para la señorita Camila Rolón, que toma el nombre de Dolores de San José, las puertas del Carmelo fundado poco antes en Buenos Aires. Pero lo que ella creyó un paso definitivo fue sólo una estación en la senda de su purificación interior. Los rigores de la vida conventual, quebrantando su salud, la postraron en cama, obligándola a renunciar a su generoso designio. Después de sólo veintinueve días de permanencia en el convento, gravemente aquejada de un tumor que la acompaño durante toda su vida, regresó a su casa. Más de cinco meses se vio obligada a guar­dar reposo absoluto, y estuvo convaleciente unos dos años. Camila pensaba que el Señor la llamaba al claustro, pero Él la quería fundadora. La idea de la vida contemplativa, dio lugar a un “pensamiento” que había permanecido relegado a un rincón de la concien­cia desde mucho tiempo atrás: “Fundar unas hermanas”. Cuando el confesor escuchó semejante propósito de labios de la joven pos­trada, pensó que se trataba del delirio de una enferma. Fundar una congregación religiosa, con una salud más mala que mediocre, sin recursos materiales, sin ninguna influencia poderosa que pudiera suplirlos, parecía una idea descabellada y como tal trató de quitársela de la cabeza. Pero Camila estaba en la senda de la voluntad de Dios y esta vez no andaba descaminada. No tiene salud. No tiene dinero. Pero tiene fe y tiene vocación. Nadie logrará separarla de su propósito. Tal era su confianza que tenía ya decidido el nombre de su congregación y el fin de la misma. Se llamarían Hermanas Pobres de San José y se dedicarían a proteger a la niñez abandonada, atender a los enfermos y socorrer a los menesterosos. Con la fundación que planeaba no hacía otra cosa sino dar dimensiones incomparable­mente mayores a todo lo que había hecho por amor de Dios desde los lejanos años de San Isidro. Era la misma obra, el mismo amor al prójimo lo que la llevaba a buscar la ayuda de otras mujeres, cristianas como ella, que compartieran su ideal y desearan ardientemente encontrar a Dios por el camino de la santidad, para realizar su deseo insaciable de hacer conocer a los hombres el amor del Padre, y de corresponderle con un himno permanente de adoración y de alabanza. Nuevas consultas con otros sacerdotes le depararon nuevas decepciones. Para la voz de la prudencia, su proposición era absurda. Pero estaba en el buen camino y Dios guiaba sus pasos. En julio de 1877 un joven sacerdote amigo de la familia Rolón, el Padre Saturnino Azurmendi, es designado para regir una parroquia de campaña. Camila, que acaba de perder a su amadísimo padre y está convaleciente, se traslada a Capilla del Señor, acompañada de su abuela materna, con la esperanza de beneficiarse con los aires del campo y prestar ayuda al joven párroco. Exaltación de la Cruz, tal es el nombre de la parroquia, vino a ser para ella mucho más que el rincón campesino donde sus pulmones se refuerzan con el oxígeno del aire y que un nuevo escenario de su indeclinable vocación para el apostolado parroquial. Fue magnífica su obra de las visitas domiciliarias, en las que fue conquis­tando una a una a las familias del vecindario para que volvieran a la práctica abandonada de la misa dominical, supo dar impulso desconocido a la catequesis y , me­diante un taller de costura, se inició en el ejercicio del apostolado social, que animó la vida marchita del Apostolado de la Oración. Había una obra de su predilección personal, que a nadie cedía, porque con­sideraba la más excelsa y la más honrosa en su gran humildad: era la obra de limpiar la iglesia, arreglar los ornamentas sagrados y cuidar del decoro de la casa de Dios. Allí, en Capilla del Señor, sintió con mayor evidencia el grito de la campaña, la tierra fértil pero ni siquiera roturada, que esperaba activos sembradores: “Las criaturas se pierden porque no tienen quién les parta el pan de la doctrina cristiana, y se mueren de hambre”… Conoció sobre el terreno las grandes necesidades espirituales y materiales que de­bían sufrir las pobres gentes de las campañas. En las ciudades no era difícil sostener colegios, asilos, hospitales: Pero en las poblaciones pequeñas, ¿con qué recursos podrían fundarse? Y sin embargo, allí hacían falta. El pensamiento de la futura fundadora se va esclareciendo más y más. Sólo es necesario ahora que un sacerdote experimentado en materia de caridad, le ayude a estudiar el problema y a encontrar la manera de resolverlo. Ese sacerdote, en quien la prudencia no limitaba el desbordante anhelo del alma caritativa, llegó una vez a la parroquia del Padre Azurmendi, escuchó la consulta de Camila y prometió secundarla. Era un lazarista francés, que se desempeñaba como director del santuario de Luján. El Padre Emilio George resultó el hombre providencial para ella. Conocía bien las necesidades de la campaña y por pertenecer a una congregación misionera, apreció de inmediato cuán necesaria era una congregación de mujeres que reuniera las condiciones que Camila pensaba imponer en la suya. ¡Cuánto hizo este buen sacerdote por conocer mi vocación y por formarme en sólidos fundamentos! dirá la Madre Rolón refiriéndose a quien fue el primero en interpretarla y ayudarla. Conociendo que el arzobispo de Buenos Aires Monseñor Federico Aneiros trataba de conseguir algunas congregaciones europeas, que enviaran mujeres fuertes y decididas para ejercer el apostolado en las pampas, el P. George le sugirió la conveniencia de la fundación proyectada por la señorita Rolón para esos fines. El Arzobispo sólo opuso el reparo de la salud de la futura fundadora y de los recursos materiales indispensables para la obra. Pero la respuesta de Camila, basada en la fe en la Providencia Divina, ­ terminó por desarmarlo. En cuanto a lo primero, Dios proveería; y en cuanto a lo segundo, las Hermanas Pobres de San José pedirían limosna, es decir, que en este caso también proveería la Providencia. “¡Oh mujer, grande es tu fe!””, pudo decir el Prelado, al igual que Jesús en su diálogo con la Cananea. Y resolvió otorgar su consentimiento por vía de ensayo, exigiendo que la futura congregación comenzara por ajustarse a un Reglamento. El Padre George fue al autor delProyecto de Regla de la nueva “Asociación de San José, puesta bajo la protección de Ntra. Sra. del Carmen”, que Aneiros aprobó el 23 de diciembre de 1880. La cita evangélica colocada en la primer página expresaba claramente el ideal de Camila:“NO OS ACONGOJÉIS DICIENDO: ¿QUÉ COMEREMOS O CON QUÉ NOS CUBRIREMOS? VUESTRO PADRE SABE QUE TENÉIS NECESIDAD DE ESTAS COSAS. BUSCAD PRIMERAMENTE EL REINO DE DIOS Y SU JUSTICIA, Y TODAS ESTAS COSAS OS SERÁN AÑADIDAS”.(Mt 6, 31– 33) El llamado de Dios es ahora claro y distinto. Camila Rolón ha encontrado su camino y se dispone a seguir firmemente en él cuando va a cumplir treinta y ocho años de edad.

En Mercedes

Sin apoyo familiar, enferma y sin recursos, Camila comienza su itinera­rio de milagro: El 28 de enero de 1880, se aleja de la casa paterna, deja Buenos Aires y, acompañada de un grupo compuesto por dos amigas mayores que ella, dos muchachas y once niñas huérfanas, se dirige a un pueblo de la campaña bonaerense, para dar comienzo a la divina aventura de la caridad, que se ha constituido en el ideal de su vida. Esta población es Mercedes, localidad próxima a Luján, desde donde el Padre George podrá asistir a las nuevas religiosas con su discreta vigilancia y sus sanos consejos. “¡Oh voz de Dios, oh día feliz, 28 de enero de 1880, en que sin tener tiempo para mirar mi ruindad ni mi insuficiencia y sólo levantando los ojos arriba y fijándolos en la grandeza de Dios y con una fe muy viva, me abandoné en los senos anchurosos de su Providencia que jamás abandonó a quien en Él pusieron sus esperanzas” Sus colaboradoras inmediatas, Rosa Zurueta y Adelaida Núñez, experimentan el influjo sobrenatural que se desprende de aquella mujer templada en la plegaria, la enfermedad y la pobreza, y se sienten felices de correr su aventura. Se instalan en una casa vieja que, al cabo de siete días, transformada en Asilo de San José, les permite iniciar las clases. En treinta días el número de niñas sube de once a treinta. Es verdad que carecen de muchas cosas indispensables, porque faltan sillas, camas, mesas; es verdad que el local es estrecho; pero no lo es menos que el gesto de santa audacia de aquellas mujeres, les ha conquistado de inmediato el corazón de los pobladores de Mercedes, que acuden a socorrerlas con lo que tienen. Camila tenía razón. La suya era la lógica de los santos que, en materia de caridad, supera los cálculos de los prudentes. La caridad es contagiosa y basta ponerse a la cabeza de un grupo humano con el ejemplo, para que muchas almas despierten a la belleza del divino Amor. Muchas almas se sintieron más buenas y se hicieron efectivamente mejores desde que, junto a ellas, como una fuente que rompe entre malezas, apareció el Asilo de San José. La fe ciega de la Madre Camila en la Providencia divina no resultó defraudada y el Asilo prosperó continuamente. El 19 de marzo de 1881­, tuvo lugar la toma de hábito de las primeras cuatro hermanas: Camila Rolón, Rosa Zurueta, María Pía González y Juana Cabral. Esta ceremonia, junto con la instalación del Noviciado, constituyó para la Madre un premio a sus muchos desvelos, que ella recibió sin envanecerse, como venido de las manos de Dios.­ El grupo inicial se ha transformado en una verdadera congregación religiosa, con reglamentos aprobados por el Arzobispo Aneiros y con un director espiritual oficialmente designado: el Padre George. Un año más tarde, el 19 de marzo de 1882, con la primera profesión religiosa de votos temporales, las Hermanas de San José recibirán al Divino Huésped. Monseñor Aneiros otorgó su permiso para que conservaran el Santísimo Sacramento en la modestísima capilla de la casa de Mercedes. Un alma tan eucarística como la suya no podía menos que desbordar en las más francas efusiones de pura alegría, desde el momento que Jesucristo en persona habi­taría bajo el techo bendito del Asilo de San José. Con su presencia real en el Sagrario ¿qué pena sería insoportable? ¿qué pobreza demasiado dura ¿qué amargura demasiado cruel?

En tren de progreso

El año 1885 encontró a la institución josefina en franco tren de prosperidad. No porque hubiera resuelto sus problemas económicos, que más bien se agudizaban, sino porque la casa de Mercedes resultó un semillero de vocaciones religiosas. Este numeroso plantel de Hermanas sugirió a la Superiora la idea de emprender una nueva fundación, conforme al ambicioso programa de ganar para Cristo todos los pueblos de la Patria. Otros hombres, desde posiciones muy poderosas, se empeñaban en descritianizarlos. Ante estas contrariedades el ánimo de la Madre no decaía; por el contrario, mayor era su fe. Diariamente su plegaria importunaba el cielo, rogando por la solución de los enojosos conflictos que debilitaban el nervio de la Patria, a la vez que entristecían la Iglesia de Dios. En 1887, con el pretexto de una epidemia, los funcionarios de Mercedes se presentaron en el Asilo de San José para clausurarlo. La Madre se opuso alegando que la limpieza de la casa era perfecta y el estado sanitario de las huérfanas era bueno. Los ediles insistieron en pretender aplicar su medida, pero ante la firmeza de la Madre, optaron por retirarse y las puertas de la Casa de la caridad continuaron abiertas. Para ese entonces las Hermanas Pobres de San José disponían ya de una casa propia, hermosa y confortable, en la cual se instaló la Comunidad y todas las niñas del Asilo. El 20 de octubre de 1885, tres religiosas, acompañadas por la Madre Camila, abandonaban la ciudad de Mercedes y se dirigían a realizar la segunda fundación. El pueblo de Rojas recibió a las hermanas con la misma entusiasta y generosa acogida que les dispensara la ciudad de Mercedes. No tardó en proporcionarles, junto con algunas elementales instalaciones y pobres comodidades, numerosos enfermos, mendigos y niños abandonados. Uno de los beneficiarios más directos de la presencia de las hermanas josefinas en el pueblo de Rojas fue el cura párroco, quien pronto vio aumentar el interés de los niños por las clases de catecismo; pudo advertir un repunte en la religiosidad de la feligresía, y contó para los actos litúrgicos con la música y el canto que dirigían las religiosas. La presencia de las hermanas en Rojas resultó un verdadero acontecimiento. Los habitantes se admiraban de verlas, porque la mayoría no había visto jamás un hábito religioso.

Un protector providencial

La Madre Camila solía decir a sus Hermanas: “Pidan de puerta en puerta y verán maravillas”. Y ocurrió como había dicho. Pidiendo de puerta en puerta, la Hermana Rosa, una de las fundadoras, dio con la casa de don León Gallardo, en Buenos Aires, donde fue recibida no sólo con deferencia, sino con interés. Este caballero estaba dando vueltas en su cabeza al problema de dos niñas y un varón, hijos de unos puesteros suyos, que habían quedado huérfanos. De modo que la visita de las josefinas le interesó vivamente. Visitó el asilo de Mercedes, donde alojó las dos hermanitas, habló con la Madre Camila, pagó las deudas de la congregación y prometió construir un asilo de varones modelo, que sirviera tam­bién para instalar en él la Casa Madre de la congregación. Este es el origen del asilo de Muñiz, un edificio amplio y magnífico, que superaba todo cuanto hubiera podido soñar la Madre Camila y llenaba a la perfección todas las funciones a que debía ser destinado. Contaba, sobre todo, como una joya engarzada en el bello conjunto, con una capilla con su ajuar completo, con sus altares dedicados a San José, la Santísima Viren del Carmen, Santa Teresa de Jesús y el Ángel Custodio. Se inauguró el 17 de mano de 1889. Desde ese momento, la congregación josefina, que había crecido de manera prodigiosa, tuvo su Casa Madre. San José no la había defraudado. Más aún, había puesto en su camino a un protector providencial en la persona de Don León Gallardo, quien la secundaría con su comprensión, sus sanos consejos y sus poderosos medios económicos­, para que pudiera realizar los grandes ideales de caridad a que había consagrado su existencia. El sueño se había transformado en realidad: Centenares de niños huérfanos habían encontrado en la Congregación un asilo y en Camila Rolón una segunda madre.

Mar adentro

Como un navío que lentamente se va internando mar adentro, el Instituto de las Hermanas Pobres ­ de San José va penetrando en el panorama de las actividades religiosas de la Argentina, bajo la mirada de Dios. Han transcurrido diez años de su azarosa fundación en una destartalada casucha de Mercedes, con sólo tres mujeres de buena voluntad, cuando se reúne por primera vez la Asamblea General para elegir la primera Superiora General. El voto unánime con que la consagraron sus hijas, la emocionó hasta las lágrimas. No pudo ocultar los sentimientos que la embargaban, en los que se mezclaban la confusión a causa de su personal insuficiencia para tan alto cargo, con la gratitud a la deferencia y confianza que le demostraban sus hijas y la ratificación más completa de su entrega en las manos de Dios. Mas no era el caso de dejarse dominar por la emoción. La Madre Camila, respondiendo a la invitación del Señor que dijo a Simón Pedro: “Conduce tu barca mar aden­tro”, se disponía a instalar sus Hijas en otros sitios, para tentar la buena pesca entre los desvalidos, los enfermos, los desamparados. Felizmente, aumentaban las vocaciones. Nu­merosas jóvenes aspirantes se presentaban para ocupar su puesto en la gran batalla de la caridad. En ciertas oca­siones la Madre Camila reunía a sus hijas en el patio de la Santa Cruz, en la casa madre, y se entretenía en piadosas consideraciones. En esos casos la palabra cálida, maternal, penetrante, tierna y práctica al mismo tiempo, se convertía en el cincel de un artista que iba modelando las almas. A esta altura de su vida, con cuarenta y siete años de edad y nueve de profesión religiosa, la Madre Ca­mila Rolón alimenta, viste y alberga a cuatrocientos niños en cuatro asilos, atendidos por religiosas de su Congregación. Atiende además un hospital, imparte la enseñanza del catecismo a muchos centenares de niños más y promueve la vida cristiana en cinco pueblos de campaña. Pero ¿qué nuevas ideas hierven en el ce­rebro de aquella admirable mujer? Su obra, que es obra de Dios, pertenece a la Iglesia, de quien se siente hija tanto más devota cuanto peores son los atropellos al sentimiento religioso que se cometen en su tiempo. Ella quiere ir mar adentro. Ha concebido el audaz proyecto de cruzar el mar, poner los pies en el suelo sagrado de la Ciudad Eterna y postrarse a las plantas del Santo Padre para pedirle que dé su bendición a la pequeña y querida Congregación.

A los pies del Papa

Camila llegó a Roma el 7 de mayo de 1891. La acompañaban dos religiosas. Aunque no le faltaron contratiempos para hospedarse, pronto se repuso y dio comienzo a sus gestiones, tendientes a obtener la probación pontificia de su Instituto. Valiéndose de cartas de monseñor Aneiros, y de los buenos oficios de los jesuitas del Pío Latino, logró conversar con varios personajes del Vaticano, entre ellos algunos Cardenales. Felizmente para ella, el Secretario Estado, Cardenal Rampolla del Tíndaro, hablaba perfectamente el español y la secundó decididamente. La escuchó con la mayor deferencia y le aseguró que haría lo que estuviera de su parte para obviar cualquier inconveniente. El mismo le consiguió una entrevista con Su Santidad León XIII. Al encontrarse en presencia del Papa, la Madre se arrojó a sus pies y los besó devotamente con afecto filial. El Santo Padre, después de escucharla con la mayor atención, prometió a la fundadora argentina un decreto laudatorio para la nueva Congregación. La entrevista con León XIII fue para la Madre Camila una de las satisfacciones más grandes de su existencia. Con ella no sólo quedó generosamente recompensada de los inconvenientes y las molestias del viaje a Roma, sino que sintió crecer su amor a la Iglesia, la devoción al Vicario de Jesucristo y su vehemente deseo de trabajar más y más por el bien de las almas y la gloria de Dios. En la consecución del decreto laudatorio parece haber tenido mucha importancia ante el Pontífice el hecho de estar puesta aquella Congregación bajo el amparo de San José. “Por disposición de Dios Nuestro Señor tuvimos la dicha de ver al gran Pontífice Nuestro Santísimo Padre León XIII, quien se dignó recibirnos en audiencia particular; y sin atender a nuestra ruindad, a la pequeñez de tan humilde Congregación, al reducido número de personas y casas, por sólo alegar en nuestro favor los títulos que ejerce en ella Nuestro Santísimo Padre San José, se dignó Su Santidad concedernos la gracia de un decreto de aprobación para nuestra Santa Regla”. Camila, con aquel precioso documento en favor de su Congregación, en el cual se la llama “piadosa señora” primero y “piadosa fundadora” después, emprende el regreso a la patria en compañía de sus Hermanas. Arriba al puerto de Buenos Aires 26 de julio de 1891.

El grano de mostaza

El 19 de marzo de 1892, próxima a cumplir los cincuenta añas, Camila pronunció sus votos perpetuos. La humilde hija de San Isidro, echando una mirada hacia el pasado, pudo abarcar con emoción todo el camino recorrido. Pero no era mujer de dejarse fascinar por la visión del pasado, porque la acu­ciaba demasiado el porvenir. Quería continuar con sus fundaciones. Cinco casas le parecían muy poca cosa. Cuarenta religiosas era una fuerza demasiado pequeña. Visto con los ojos de Roma su Instituto era sólo un grano de mostaza, que necesitaba desarrollarse y crecer. Tanto la gloria de Dios como la salvación de las almas exigían una creciente actividad. Pero el año 1892 reservaba a la Madre al­gunas dolorosas pruebas. Falleció su protector y amigo don León Gallardo, que fuera como un padre de su Congregación, y poco después, el joven sacerdote Saturnino Azurmendi, que fue como un hermano o, tal vez, como un hijo. Estos golpes no amenguaron sus bríos. Pensó en diversificar su obra. Comprendió que, además de los asilos y los hospitales, había que fundar casas para recoger y salvar a esas jovencitas que, víctimas de su inexperiencia, ruedan por la pendiente del vicio y luego no pueden recuperarse Su caridad no temía el contacto de la miseria moral, como no rehuía la miseria física. Fue así cómo el 23 de setiembre de aquel mismo año instaló en Mercedes una casa de corrección, que tituló “Casa de San José de la Divina Providencia”. “Cuántas pobrecitas -repetía aquella santa mujer- caen en de­gradantes vicios, no tanto por malicia cuanto por ignorancia, porque no han encontrado una madre que les hable del cielo…” Y ella visitaba con frecuencia a las desdichadas, entreteniendo largas horas en escucharlas, comprenderlas y aconsejarlas. El 2 de octubre las Hermanas Pobres de San Jasé se hacían cargo de un asilo de mendigos en la localidad de San Vicente, provin­cia de Buenos Aires. En estas tareas se encontraba la Madre Camila, cuando recibió de Roma una comunicación que la emocionó hasta las lágrimas. León XIII había designado al Cardenal Rampolla protector oficial de la Congregación. Dios no la dejaba de su mano, la Iglesia no la olvidaba. El más encumbrado Cardenal de la Iglesia Católica se convertía en el Padre espiritual de las humildes josefinas. Pero como en la tierra los goces no son perfectos, ni conviene que lo sean, Dios permitió que a principios de 1893 la Madre Camila sufriera un nuevo género de tribulacio­nes. Algunas personas se dieron a criticar acerbamente su abra. Si en unos casos las críticas se mantenían dentro de los límites que impone la caridad, en otras resultaban inconsideradas y hasta groseras. Felizmente la Madre sabía guardar una admirable serenidad. De ahí que él ritmo de las fundaciones, durante el año 1894, no decreciera. La Congregación se extendió a la ciudad de Buenas Aires, a Santiago del Estero y a la República Oriental del Uruguay. Pero aquel año, con diferencia de pocos días, perdió a dos seres entrañablemente que­ridos: su madre y su arzobispo. En el caso de su madre tuvo el consuelo de cerrarle los ojos. No ocurrió lo mismo con el Arzobispo, monseñor Federico Aneiros, cuyo fallecimiento se produjo en forma rápida e inesperada, el 3 de setiembre de 1894. Los últimos años del siglo XIX vieron el grano de mostaza transformarse en árbol, en cuyas ramas viejas y nuevas se posaban las aves del cielo. El Instituto de las Hermanas Pobres de San José, vigorizado con el aporte de energía natural y sobrenatural que le brindaban numerosos miembros nuevos, había ido extendiendo sus dominios, que eran do­minios de la caridad para con los niños, los enfermos y los desamparados. En 1895, después de nuevas fundaciones en el Uruguay y en la provincia de Buenos Aires, el instituto cuenta con dieciséis casas entre asilos, hospitales y colegios, y alimenta y viste a más de setecientos huérfanos. El 19 de marzo de 1896 es reelegida Superiora General por un nuevo período de seis años. Dos años más tarde llega de Roma la aprobación del Instituto como Congregación religiosa de votos simples. El instituto ya no será exclusivamente diocesano. Será pontificio. Un poco de tiempo y mucha fidelidad a los fines establecidos harán lo que falta.

Andariega de Dios criolla

Camila era un alma teresiana. Además de su admiración por las austeridades del Carmelo y de su devoción a la Doctora de Ávila, se notan muchos puntos de coincidencia entre Camila de San José y Teresa de Jesús. Teresiana es su confianza en el Patriarca San José, su tierno afecto a la Pasión de Cristo y aquella su facultad de atender simultá­neamente a los grandes problemas, sin desatender los pequeños detalles. Muy teresiana es la frescura y naturalidad de su lenguaje, que a todos encanta, y que le permite a ella, una mujer sin letras, cautivar la atención de encumbrados personajes. Teresianas son sus ansias fundadoras y la alegre determinación con que afronta los viajes más penosos para satisfacer las obligaciones inherentes a su cargo. Por algo uno de sus libros preferidos era el de las “Fundaciones” de Santa Teresa de Jesús. Dos ideas igualmente grandiosas se disputan su corazón: quiere cubrir de casas josefinas la extensión del país, pero quiere tam­bién instalar una casa en Roma. Su devoción a Roma es devoción al Papado y a la Iglesia. Por eso a medida que avanza en años se siente más atraída por la Ciudad Eterna, y al sentir que declinan los días de su paso por el mundo, exclama apasionadamente: “¡Yo quisiera morir a la sombra del Vaticano!” Dios le otorgará esta gracia, pero entre tanto grandes trabajos le esperan. Reelegida Superiora General el 9 de marzo de 1902, se propone coronar sus desvelos por la Congregación obteniendo la aprobación definitiva de las Constituciones. El 31 de marzo de 1903 parte a Roma, pero a principios de julio está de regreso con las manos vacías. Muy pronto la absorben las preocupaciones de su cargo: nombramiento de superioras, traslado de Hermanas, visitas de numerosas casas. En setiembre de 1904 recibe la noticia de que su Santidad Pío X ha aprobado en forma temporaria las Constituciones. Una verdadera cascada de oraciones de acción de gracias se fue desbordando de los labios de sus Hermanas, de los niños y de los enfermos, de casa en casa.

Una casa en Roma

A fines de octubre de 1904, la Madre escribe: “Alabemos al Señor, hijas mías, y démosle gracias por tantos beneficios. Por fin veo realizado lo que tanto deseaba: el 1 de noviembre parto en el vapor León XIII, llevando a mis queridas hijas… para la fun­dación de la casa en Roma”. La Madre zarpó del puerto de Buenos Ai­res acompañada de seis religiosas, además de la secretaria. Por primera vez en la historia una Superiora General de la Argentina viajaba a Europa a fundar una casa religiosa. Estuvieron a despedirlas en el puerto, además de numerosas religiosas de la Congregación, familiares y amigos, el Internuncio de Su Santidad, monseñor Sabatucci, y el Obispo de La Plata, monseñor Terrero. Aquel viaje produciría frutos mayores de los que la misma Madre Camila se esperaba. Arribaron a la Ciudad Eterna el 30 de noviembre de 1904. La Madre y sus hijas fueron recibidas en audiencia privada por San Pío X, quien, después de bendecirlas paternalmente las alentó en sus santas disposiciones. Reconfortada con aquella bendición, la Madre aguardaba la fecha fijada, el 28 de enero de 1905, para la inauguración de la casa. La Congregación cumplía ese día el vigésimo quinto aniversario de su fundación. “¡Parece un sueño!”, decía. Y el sueño se hizo realidad. La Madre no salía de su ensimismamiento cuando se veía celebrando las bodas de plata de su Instituto con la inauguración de una casa en Roma. Y el corazón se le iba agradecido al cielo para bendecir los inescrutables designios de Dios. Se acordó de la anciana compañera del primer momento, la Hermana Rosa, y le escribió una afectuosa carta, llena de recuerdos, exclamaciones y bendiciones. La casa romana tenía por finalidad recoger algunas muchachas salidas de la cárcel, para contribuir a reintegrarse a la vida con dignidad. La Providencia Divina se presentó ante sus ojos encarnada en la persona de un sacerdote argentino residente en Roma, el presbítero José León Gallardo, hijo de su gran bienhechor Don León Gallardo, que secundó con generosidad sin medida la ins­talación de un Noviciado de las josefinas en Roma. Para ello compró una espléndida residencia en un punto céntrico de la ciudad y la entregó a la Congregación. Entretanto en las casas de América la prolongada ausencia de la fundadora se deja sentir demasiado. Las hijas clamaban por la Madre. Esta se embarca de regreso en la primera quincena de diciembre y arriba al puerto de Buenos Aires el 2 de enero de 1906.

A la sombra del Vaticano

En octubre de 1906 ya han profesado las primeras josefinas italianas. Y el deseo de aproximar más y más su Congregación al Papa le ha hecho concebir una idea grandiosa y santamente audaz: trasladar la Casa Generaliza a Roma. Como se trata de un asunto de excepcional importancia, lo somete a consulta de treinta y seis Superioras, reunidas en Capítulo General. El voto de las religiosas le es favorable, con sólo cuatro negativos. Pero cuando se dispone a consultar a los Obispos, en cuyas diócesis tiene casas la Congregación, todos los votos le son contrarios, con una sola excepción: la de monseñor Espinosa, arzobispo de Buenos Aires. Como a la negativa de los prelados se agrega la del Cardenal Rampolla y la de la Congregación de Obispos y Regulares, la Madre Camila acepta, calla y espera otra oportunidad. El 19 de marzo de 1908 es reelegida nuevamente Superiora General. Tiene ya sesenta y cinco años largos. A fines de ese año nos encontramos con la Madre Camila en Roma. Ha ido acompañada de otras religiosas, integrando una peregrinación presidida por monseñor Espinosa, Arzobispo de Buenos Aires, con dest­ino final en Tierra Santa. Pero ella no visi­tará los Santos Lugares, porque importantes asuntos, relacionados con la vida de su Congregación, la retienen en la Ciudad de los Papas. Las Constituciones del Instituto obtienen su aprobación definitiva y, lo que resulta más sorprendente, el 10 de mayo de 1909 la Sagrada congregación despacha favorablemente el pedido de autorización para trasladar la Casa Generaliza a Roma. Mas para llevar a cabo su propósito deberá fundar por lo menos dos casas más en Europa. Camila, que por nada se amilana, venciendo todas las dificultades que le salen al paso, viajando por tierra y por mar, disponiéndolo todo con energía y prudencia, funda en Barcelona una escuela destinada a educar a los hijos de gitanos, y. en Génova un “Asilo de San José”, para niñas pobres. A fines de noviembre de 1909; está de regreso en su patria, donde la noticia y los pla­nes del traslado de la cabeza de la Congregación al Viejo Mundo suscita los más encon­trados comentarios. Es cierto que en su opor­tunidad todas las Superioras de la Congregación autorizaron a la Madre para iniciar las pertinentes gestiones ante la Santa Sede, pero también es cierto que todos los Obispos, con excepción de monseñor Espinosa, se pronunciaron en contra. Por lo demás, en el tiempo transcurrido las opiniones de las Superioras pueden haber variado. Más aún, ante la inminencia de los hechos, las casas americanas empiezan a sentirse huérfanas… La Navidad de aquel año fue la última que celebró en la Casa de Muñiz. De inmediato le absorbieron las tareas de preparar el gran viaje. Nombró una Vicaria Regional con facultades para el gobierno inmediato de las casas de América, visitó en peregrinación de despedida, acompañada por las integrantes del Consejo Generalicio, el santuario de Nuestra Señora de Luján; visitó por última vez el templo de San Isidro, su pueblo natal, en la costa del Río de la Plata y, habiéndose despedido de su hermano don Avelino, y demás parientes y bienhechores, el 27 de setiembre de 1910, se embarcaba rumbo a Roma, a donde llegaba a fines de octubre, rodeada de su Consejo. El 19 de noviembre, con toda solemnidad, era erigida canónicamente en la Ciudad Eterna la Casa Generalicia de las Hermanas Pobres Bonaerenses de San José. Con ese motivo escaparon de su pluma estas bellas palabras: “¡Ah! Y cómo yo hubiera querido volar y al oído de cada josefina decirle: Alabad al Señor con un cántico nuevo y dadle gracias al Señor, porque usó de misericordia con su humilde costera”. “Pobre y ruin costera”, “humilde y pobre madre”, “ruin y vil hormiguita de la pampa”, son algunas de las expresiones que usa para referirse a sí misma. Lo de “costera” era una expresión corriente en Buenos Aires para referirse, en forma un tanto despectiva, a los habitantes de los pueblos de la costa del Río de la Plata. La Madre la usaba con mucha humildad y con mucha gracia.

El Hacecito de Mirra

La verdad es que era largo el camino recorrido por la Congregación en sus treinta años de existencia. La parábola descripta era tan perfecta, los días tan llenos, la obra tan bien orientada, que la Fundadora bien podía considerar cumplida su misión en la tierra y dedicar los años que le restaran en perfeccionarlo que había realizado, en su apostolado sin descanso. Pero los designios de Dios eran otros. Desde el momento en que se instala en Roma, la obra empieza a escapársele de las manos. Ya cercana la hora en que debía partir de este mundo, la Divina Providencia permite que se acrisole en la contradicción y el dolor. Como suele suceder en la vida de los santos, los últimos años de la Madre Camila Rolón fueron de laboriosos padecimientos, los cuales, labrando su espíritu, lo purificaron más y más. Comprendió entonces el sentido profundo de su deseo de ir a Roma: “¡Oh misericordias del Señor ! Por eso había sido que yo deseaba tanto venir a Roma, porque en Roma estaba aquel hacecito de mirra que había de ofrecer al Señor”. La Sagrada Congregación para los Religiosos dispuso la Visita Apostólica. Y aunque la Madre escribe: ”La Santa visita apostólica es una lluvia de Gracia de Dios”,conviene agregar que no pudo menos que significar para ella una lluvia de sinsabores bien mortificantes. La grandeza de alma de la Madre Camila, en el crisol de la prueba, demostró su buen metal, porque en nadie como en ella las dis­posiciones del Visitador Apostólico encontra­ron mayor apoyo que en la anciana fundadora, testigo del duro aunque necesario tratamiento a que era sometida su obra. “Obediencia ciega y pronta”, “el más exacto cumplimiento”, “santas y sabias disposiciones”, son algunas de las expresiones con que la Fundadora encarece la necesidad de cumplir sin deformación ni demora las disposiciones de la Santa Visita. Habiendo marchado hasta ese momento a la cabeza de todas en el camino de la caridad, se coloca también la primera en el camino de la “obediencia ciega y pronta” a las disposiciones de Nuestra Santa Madre la Iglesia.“Y tan pronto como sea posible -escribe a la Vicaria- se pone en viaje; que esto será siempre un confortativo para nuestra alma y será un precioso legado que dejaremos a nuestras hijas: el haber, con la gracia de Dios, obedecido, con una fe muy viva, todo cuanto nos ha mandado Nuestra Santa Madre la Iglesia por medio de sus Delegados Apostólicos”. Aunque era sensible, como los demás mortales, al dolor del aislamiento, de la ingratitud, del olvido, supo elevarse a consideraciones su­periores de la más pura espiritualidad. Viendo que muchas personas han dejado de escribirle o de visitarla, dice con ejemplar austeridad religiosa: “Cada vez me convenzo más de que el único amigo es Dios”. Allá por el año 1911, las causas de sufrimiento físico y moral se le multiplicaron. Conoció más de cerca la pobreza, ocasionada por la falta de recursos en que se debatían las fundaciones europeas, las que debieron ser socorridas por las “caridades” de las americanas; observó con inquietud y angustia los estragos que en la salud de las Hermanas hacía el clima y tal vez la dieta del Viejo Mundo; vio cómo eran dejadas sin efecto muchas de sus medidas de gobierno, y, para completar este cuadro sombrío, renació con brío en su carne una vieja dolencia, que la postró en cama y puso a punto de muerte. Como el oro sale del crisol, más brillante y más puro, así el alma de la Madre Camila, al pasar por la prueba de los múltiples padecimientos que permitió el Señor, parecía, a la observación de las personas que la trataban, cada vez más cercana a la santidad.

Un pedacito de cruz

A fines de 1911 su viejo mal recrudeció de tal manera que se vio obligada a guardar cama. Los médicos la sometieron a un enérgico tratamiento en base de inyecciones, que la Madre toleró con paciencia. Este mal, que consistía en un carcinoma de útero, ­tuvo su primera manifestación en 1875, cuando Camila hubo de abandonar el monasterio­ carmelita por razones de salud. Una gracia obtenida por intercesión de la Santísima Virgen, le había permitido vivir sin hemorragias hasta ese momento. Nunca fue partidaria de dar demasiada importancia a las enfermedades, en las que veía oportunidades providenciales de ejercitarse en la aceptación pura y simple de la voluntad de Dios. Tan poco ruido hacía con sus achaques, tan poco­ hablaba de su propia enfermedad, que algunas religiosas que vivieron largos años a su lado, declararán más tarde que las primeras noticias­ acerca da aquella dolencia las tuvieron cuando la Madre había muerto. Habiendo mejorado bastante en virtud de los cuidados de los médicos, en el mes de mar­zo de 1912 manifestaba grandes deseos de “comenzar a trabajar por Dios”. ¡Cómo si no hubiera hecho otra cosa que trabajar por Dios durante toda la vida! En sus largas horas de sufrimiento no cesaba de bendecir el dolor, en el que veía un instrumento de santificación. Sin el dolor, sin la cruz, sin el trabajo no concebía la existencia. “¿Quién entra en el cielo sin cruz? ¿Quién sin trabajar?”, solía repetir:“Hija, amor y más amor, que quien ama a Dios nada hallará difícil”. De su actitud para con los achaques cor­porales hablan estas enérgicas expresiones, que pueden leerse en una carta de aquella misma época: “Nada de mundo, hijas mías! Dejemos de pensar tanto en estas negros cuerpos viejos y apestados. Con un poco de generosidad ve­réis como los pobres nos ayudan, aunque sea arreándolos como carneros viejos. Pongamos los ojos en nuestro buen Dios y de El esperemos toda fortaleza”. Esta fortaleza nos es necesaria para llevar sobre nuestros hombros la cruz que nos ha to­cado en suerte y que, al fin, no es otra cosa sino “un pedacito” de la cruz de Jesús. “Bendita vida religiosa, bendito camino del Calvario, Jesús va con nosotras! El nos con­vida a que lo sigamos cada uno con el pedacito de su cruz”. “No, dulce Jesús de mi vida, no permitas jamás que esta tu remendada vejezuela rehúse seguirte por el camino de tus humillaciones”. Las palabras que siguen a continuación nos permitirán asomarnos al interior de aquella alma, para descubrir en ella, algo de sus más preciados tesoros espirituales: “Cuando me regalabas y tan visiblemente tu misericordia divina me daba el pan dulcísimo de la consolación, entonces me decía: qué quieres, Señor, que haga por ti? Y deseaba saltar por los tejados y dar voces para que me acompañasen a dar gracias al Señor, por tantos y tan grandes beneficios. Y ahora, Dios mío, una gotiquita sola de tu cáliz me has querido hacer gustar y ¡ay miseria humana! ya he poblado los aires de lamentos”. Nadie había escuchado esos lamentos. En su torno sólo se respiraba a Dios. Jamás una queja, ni un gesto agrio. Siempre la sonrisa acogedora y el trato amable. Era su última enfermedad, bien lo advertía; y ella que tantas veces había enseñado a sus hijas que la enfermedad es un tesoro, no podía menos que manifestarse contenta con éste. El 18 de julio, al cumplir los setenta años de edad, recibió los saludos y obsequios de sus hijas, tanto de las que la rodeaban como de aquellas otras que habían quedado lejos. Su pensamiento voló a través de los mares. Al verse impedida, enferma y cargada de años, comprendió que su misión estaba cumplido y sólo le restaba despedirse de este mundo dejando a sus Hijas, de entonces y de siempre, el ejemplo de una muerte santa.

Camino del cielo

Pasaba largas horas entretenida en sus oraciones y pensamientos. El 10 de octubre, un nuevo ataque la postró definitivamente. En adelante no se recuperó. Pudo todavía abandonar alguna vez el lecho para descansar en un sillón, pero las fuerzas físicas le abandonaban irremediablemente. Recibía diariamente la comunión y escuchaba misa desde su celda. Los temas de su conversación eran espirituales. A las personas que le visitaban solía mostrarles una pequeña estatua de San José, que le había acompañado en todos sus viajes. Ella atribuía a la protección del Santo Patriarca todo cuanto había realizado el Instituto. La Madre solía llamar a las religiosas, profesas y novicias, alrededor de su lecho de enferma para aconsejarlas. Encarecía, sobre todo, cuidar mucho del Instituto, conservando el buen espíritu y observando las Constituciones en las que veía la voluntad de Dios. Cuando comprendió que llegaba el momento de la partida hacia la Eternidad, se mantuvo serena, y pidió la Extremaunción, que le fue administrada. A veces no conseguía disimular lo intenso de su dolor y, como las Hermanas le preguntaran si sufría mucho, solía responder: “No, hijitas; mucho más sufrió Nuestro Señor”. En otras casos decía: “Así lo quiere Dios, yo acato su Santa Voluntad”. En la madrugada del 15 de febrero de 1913, dio a entender ella misma que llegaba su fin. El corazón le latía violentamente: “Está contento porque se va”. Durante aquel día hizo a sus Hijas sus últimas recomendaciones y les impartió su bendición maternal. A las nueve de la noche, mostrando el rosario a una religiosa, le decía, santiguándose con él: “Lo he rezado todo”. Poco después, la Madre Camila seguía con la mayor atención y, a ratos, respondía devotamente a las oraciones rituales de la recomendación del alma. Cuando perdió el habla, des­pués de besar el escapulario del Carmen, tomó en sus manos el Crucifijo, lo levantó esforzadamente ante sus propios ojos, siguiéndolo con la mirada en que brillaban los últimos resplandores de la vida, y lo mantuvo en alto. Un instante después cedían sus fuerzas y el crucifijo descendió a posarse sobre su pecho, que había dejado de palpitar. El alma de la Sierva de Dios volaba camino del cielo… Eran las 0 horas 20 minutos del 16 de febrero de 1913.


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