Criolla Santa

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Fama de Santidad.

“Al fin y a la postre, la Sierva de Dios Madre Camila, no fue, no es y no será, si mañana la Iglesia la eleva a los altares, sino un fulgor más, por su espíritu y por su obra, de eso que Pío XII, ciento veintinueve veces llamó “maravillosa epopeya”, “epopeya misionera”, “epopeya gigante””.

Padre. A. González Paz

 

La Venerable Madre Dios Camila Rolon gozó de fama de santidad durante su vida. Ya desde su juventud era considerada una persona de mucha virtud; lo atestigua el Deán de la Metropolitana Monseñor Marcos Ezcurra que la conoció en esa época de su vida: “Era muy estimada de mi familia y de todos los que la trataban por su virtud, bondad y delicadeza. Era muy piadosa, y aun en el campo comulgaba sin cesar, confesándose con el Capellán de la estancia del Pino, adonde iban a pasar la época del verano con dicha señorita Elvira Ezcurra”… “Siempre en todo tiempo la Madre Camila fue muy apreciada en mi familia y en los últimos años considerada como una santa, llena de méritos por sus virtudes y caridad extraordinaria”.

“Podemos decir con verdad que la vida toda de esta humilde hija de San Isidro fue caridad: amó a Dios, amó al prójimo…no vivió ni trabajó para sí, sólo para su Dios, para agradarle, amarle, adorarle, honrarle por todos…. Desprovista de todo medio humano, sin socorros pecuniarios, débil naturalmente, ha sido la mujer fuerte, la madre que amparó, alimentó y formó a miles de niños pobres, llevó la alegría y la paz allí donde anidaba el dolor, regeneró a muchos; hija fiel de la iglesia, es una gloria de su patria por sus virtudes; y sus obras admirables, el amor a dios y al prójimo, los dejó, puestos en la práctica, en la familia religiosa que fundó.” Así lo atestigua el Reverendo Padre Alberto Guerrero C.S.S.R, Capellán de Muñiz en los primeros años del Instituto.

EI Cardenal Antonio Caggiano, Arzobispo de Buenos Aires, que la conoció hacia 1908, se expresa así: “… entre los alumnos del Colegio Pío Latino Americano, todos la consideraban una santa”…. “Era ya anciana, y en todos sus actos, en su trato con los alumnos argentinos del Colegio Pío Latino Americano que la visitaban, era opinión común considerarla ‘una santa’” (Sum., pp. 269-270).

Dice el Rmo. R.P. José Abate, OFM Conv., que la conoció en sus últimos años por ser Capellán de la Casa de Roma: “Por lo poco que pude conocerla mientras vivía, la he considerado siempre como religiosa de vida perfecta; inteligentísima, pero al mismo tiempo excepcionalmente simple y humilde; llena del fuego de la caridad divina y toda corazón para los abandonados, para los huérfanos. Por lo demás, siempre he oído decir esto mismo a las Hermanas que fueron sus súbditas y por lo tanto la habían conocido muy bien”… “Frecuentando, – desde 1913 hasta hoy, por razones de ministerio -, el Instituto de las Hermanas aquí en Roma, he podido constatar que la memoria de la Sierva de Dios como figura de excepcionales virtudes y de santidad verdadera pero simple, ha permanecido en el mismo vivísima y continua” (Sum., p. 46, §§ 5-6).

El P. Urbano Alvarez, OSA, Consultor de la Sgda. Congregación del Sto. Oficio y confesor de la Casa de Roma desde 1905, se expresa así: “ Conocí hace bastantes años a la que hoy lloramos … y la traté íntima¬mente y por tanto sé las cualidades extraordinarias que adornaban su alma, inteligencia clarísima, corazón grande, energía de carácter; y a estos dones naturales añadió el Señor los sobrenaturales en abundancia, derramándolos sobre ella a manos llenas … se durmió entre los hombres para ir a despertar entre los Ángeles, a quienes imitó en la pureza y en el amor de Dios y del prójimo. Fui por muchos años el depositario de los secretos del alma de la Rma. Madre Camila … hoy pensando en la vida hermosa y santa de aquella mujer fuerte y enamorada de Dios, gozo con el recuerdo de su tránsito por este valle de miserias, pues pasó como el Salvador del mundo haciendo bien a todos y recordando con su admirable vida también a todos que no es este mundo el centro de las almas”.

EI P. Amancio González Paz, que la conoció siendo niño, subraya: “La Madre Camila tuvo durante toda su vida una sola ardiente pasión: Santificarse y ganar para Dios el mayor número posible de almas… esta única aventura, la de cumplir con el precepto de tender a la perfección, la de ser santa, alcanzando así su último fin, ocupó todos y cada uno de los instantes de su existencia, desde el nacimiento hasta la muerte … Jamás ensayó siquiera otro camino; jamás en ningún período de su vida se la pudo sorprender en una declinación de su fervor, de sus normas, de su vocación, que va como un hilo de oro de(sde) su primera infancia hasta casi su alta vejez …¿ Se ha pensado alguna vez en ésta, la nota más característica de la Madre Camila? ¿Se ha considerado lo que ello significa de milagro estupendo y de señal inequívoca de santidad gigante? ¿Se ha advertido de lo que, al mismo tiempo de este Sostenuto sencillamente heroico, cuentan como cortejo real, virtudes probadas como la paciencia, la prudencia, la pobreza, la humildad, la tolerancia, el desprendimiento y muchas más?…”

“Jamás, en ningún período de su vida, se la pudo sorprender en una decli¬nación de su fervor, de sus normas, de una vocación que va, como un hilo de oro, de su primera infancia hasta su casi alta vejez. Encaró siempre la vida con la máxima seriedad que le dictaban, apenas llegada al uso de la razón, su conciencia de cristiana cabal y la voz interior que la urgió desde temprano a la perfecta inmolación a Dios y al prójimo. Línea recta; vuelo sin desvío; amor sin escorias; donación sin reservas; incendio de caridad sin cenizas; consagración al deber sin desmayos; heroísmo sin aspavientos; confianza sin una dubitación y sin un temblor; fortaleza moral a prueba de bomba; y fidelidad indeclinable a su vocación, así vinieran degollando…Y así un día, y otro día y todos los días y toda la vida. Flecha disparada al blanco del corazón de Dios y que dio de lleno en él. Tensión de cuerpo y espíritu; vencedora de todas las fatigas, que no supo nunca lo que fue aflojar. Magnífico ejemplar criollo, consumida como la lámpara del santuario exclusivamente en el servicio de Dios y de sus hermanos los huérfanos, los pobres, los desheredados, los abandonados, los ancianos decrépitos, los indefensos por naturaleza: los niños y los enfermos.”

Lo mismo declaran los testigos de todos los procesos: “Mi opinión y la de las religiosas de nuestra Congregación, así como la de otras personas, es que la Madre Camila era una mujer santa. Esta opinión se basa en su tenor de vida, en su comportamiento, en su manera de actuar. Cuando me encontraba frente a ella, me parecía estar ante un ser extraordinario” (Sum., p. 97, § 46).

La Madre Camila era muy querida en Roma. Después de su muerte, concurrieron a venerar el cadáver: pobres y ricos, numerosos argentinos residentes en dicha ciudad, el embajador argentino, los Cardenales Rampolla y Ferrata, los alumnos del colegio Pío Latino, sacerdotes etc., y todo este numeroso concurso fue espontáneo. Decían: Ha muerto una santa.

De esta fama de santidad es clara prueba la acogida hecha a sus restos venerables al llegar al puerto de Génova, y en modo particular a Buenos Aires, donde las exequias se vivieron más como triunfo y como reconocimiento que como duelo, y se produjo el acontecimiento sin precedentes de que una mujer fuera velada en la Catedral Metropolitana, donde una multitud desfiló mientras su cadáver estuvo expuesto; y posteriormente en Muñiz, donde fue sepultada. Esta fama de santidad fue aumentando entre toda categoría de personas.

 

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