49. Hospital San Vicente de Paul

Fundaciones posteriores al año 1913

4 Chilecito

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argentinaHospital San Vicente de Paul. Chilecito. Provincia de La Rioja. Argentina. 11/04/1943

Reseña histórica.

 

En la ciudad de Chilecito, Provincia de La Rioja, a once días del mes de abril del año del Señor mil novecientos cuarenta y tres, siendo las diez horas, reunióse en el Hospital propiedad de la Conferencia de Señoras de “San Vicente de Paul”, la Comisión Directiva en pleno con asistencia del Excelentísimo Señor Obispo Diocesano de La Rioja, Monseñor Dr. Froilán Ferreira Reynafé, del Señor Director Espiritual de la Sociedad Pbro. Tomás Alberto, de las Autoridades locales, Don Julio Rochet y Pedro Néstor Rojo, Jefe Político e Intendente Municipal respectivamente, con el objeto de hacer entrega de la parte administrativa del mencionado Hospital a las Hermanas del Instituto “Hermanas Pobres Bonaerenses de San José”, quienes en la fecha tomaron posesión según el contrato celebrado oportunamente.

En primer término, el Excelentísimo Señor Obispo celebró el Santo Sacrificio de la Misa en la Capilla del Establecimiento al que asistió numeroso público; acto seguido procedióse a la Bendición de los pabellones nuevos; de infecciosos y el destinado a las Religiosas.

Concurrieron a este acto, además de las personas arriba mencionadas, la Reverendísima Madre General del Instituto Sor María de la Asunción Bertini, la Reverenda Madre Asistente y Secretaria General Sor Elisa de la Sagrada Familia Morés, la Superiora del Hospital “San Vicente de Paul” de la Ciudad de La Rioja: Sor María Teresa Di Giulio y varias Religiosas del mismo.

El personal religioso quedó constituido por las siguientes Hermanas:

Superiora: Sor María Francisca de Jesús Oliva, Sor María Bernardita Usandivaras, Sor María Gracia Savall y Sor María Ceferina de San José Ariño.

Hicieron uso de la palabra, el Excelentísimo Señor Obispo Diocesano y en nombre de la Sociedad Vicentina la Señorita Eloísa E. Ocampo.

Sor María de la Asunción Bertini

Superiora General

Hablando de la labor de las Hermanas en Chilecito, dice así el doctor Mario Desio De la Vega en su libro “Labor de un siglo”(1887-1987):

“Había que estar cerca y fuera del ho­rario médico, para ver qué ocurría en esa compleja casa grande (el Hospital), donde faltaban muchas cosas, menos la atención digna de los enfermos. Este esfuerzo desmedido, yo lo vi, ya dije, como practicante, porque permanecía muchas veces en el Nosocomio, du­rante y fuera del horario habitual de los médicos, quizás sin que éstos lo ad­virtiesen. De ahí, mi inmensa admiración por esta comunidad religiosa.

En este lapso conocí una religiosa que representaba el símbolo de la Institu­ción y que sintetizaba las virtudes de todas, la Hermana María Blanca, […]

La Herma­nita María Blanca reemplazaba con alma llena de suficiencia a los ayudantes del ciru­jano, en todas las operaciones, cuando el médico ayudante faltaba. Su capacidad de trabajo era increíble; cuando el cirujano y el ayudante visitaban al operado, a cualquier hora, la sorprendían vigilando a los pacientes. En ese complejo quehacer tampoco descuidaba finas, pequeñas y tonificantes atenciones con los médi­cos, que salían del quirófano, agotados muchas veces por la prolongada labor y por la falta de comodidad, del aire acondicionado y los necesarios ayudantes o medios de trabajo, ofreciéndo­les su consabido “por favor, una limo­nadita doctor?” o “¿un cafecito doc­tor?”, ya fuese en verano o invierno y que consistía en un vaso grande de jugo de limón o naranja con azúcar y hielo o un reconfortante y humeante café.

Así fue esta excepcional mujer que pasó por el Hospital, como un “ángel guardián”, como lo quería Vicente (de Paul) y constituyó un ejemplo de en­trega, un símbolo o un modelo de reli­giosa y enfermera, un símbolo y un modelo de imitar.

Esto se notó especialmente cuando Chilecito fue azotada por epidemia de viruela ne­gra. Los enfermos atacados y los que a diario ingresaban al Hospital fueron aisla­dos por un cordón sanitario. La Hermana  Blanca pidió estar entre ellos, día y noche les  dedicaba sus delicados cuidados, cu­rando sus llagas, alentándolos con su continua oración. Al morir cada pa­ciente recibía el ataúd por un tapial, acomodaba el cadáver y previa oración encomendando el alma a Dios, ayudaba a sacarlo hasta el portón. Particularmente guardo un recuerdo muy dulce de su presencia entre tanto dolor y desesperación. No puedo olvidar su particular manera de infundir ánimo, los escasos momentos que podía disponer ya sea entre un frugal almuerzo o una taza de café sentada en el piso contando chistes o pasajes graciosos de su diario trajinar.

 


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